No pensemos en evitar ahogarnos, sino en saber nadar Mario Sigfrido Huertas L (
Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla
)
| | Hace unos pocos años nuestras empresas se sentían muy sólidas y dueñas de los mercados nacionales cuando afirmaban: nuestra empresa adquirió una tecnología que difícilmente la competencia podrá adquirir u operar, el canal de distribución que poseemos nos profesa tal fidelidad que hemos neutralizado los efectos de la baja de precios y promesas de mayor margen de la competencia; mientras los más audaces de entonces, afirmaban que su capacidad de innovación y desarrollo de nuevos productos/servicios y poder de reacción frente al mercado se podía dar por descontada, calificándola de inigualable. |
Tal prepotencia y seguridad solo podía reflejar la negación de la aparición del fantasma: La globalización de la economía mundial era ya la realidad del entorno de muchas industrias, la tecnología con la que se contaba ya no construía barreras y el poder de negociación con proveedores y distribuidores no permitía la cultura del monopolio de producción y/o distribución. El consumidor empezaba a ser receptivo a la innovación, siempre y cuando esta considerara que su mente se había globalizado y que sus deseos no solo respondían a expectativas del mercado geográfico propio de su residencia, sino a su nomadísmo físico o comunicacional virtual. Esta situación obligó a las empresas a evolucionar hacia un enfoque de marketing estratégico y cultura de servicio. Sobrevivir suponía convertirse en monopolios temporales de satisfacción, conscientes de que al ser los mejores en innovación para la satisfacción, controlarían el ciclo de vida de los productos servicios, recreándolos para dejar fuera de base a la competencia, trayéndose la demanda global por lo menos por un periodo de tiempo que justificara la nueva inversión. ¿Por qué volver a reflexionar acerca de esto? Esa necesidad de ser un monopolio temporal de satisfacción, llevó y lleva hoy a muchos de nuestros empresarios estratégicos a pensar por fin en la necesidad de alianzas, compras y fusiones que les permitan responder de la mejor manera a sus clientes y consumidores, más allá de las promesas y funciones básicas a las que responden la mayoría de los productos. Es importante que tan audaz y valiente decisión no llegue a obnubilar sus mentes volviendo a la creencia máxima de la miopía de mercadeo: nuestras marcas son las únicas que han sobrevivido, por lo tanto, nuestro mercado deberá someterse a una nueva actitud reverencial de compra y valoración. En este escenario es cuando se impone la mayor sensatez, el consumidor ya experimentó y no cree en marcas únicas y satisfactores únicos y perfectos. Si no lo motivan constantemente, buscará sustitutos en una cultura donde el cambio y la infidelidad es adaptación y sinónimo de evolución y confort. Debemos entonces, vigilar el mercado, no solo investigando cuando nos ahogamos, sino permanentemente para saber nadar. |